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si es amor que sea de cine

QUIEN ME ACOMPAÑABA ERA EL AMOR

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Creo que he perdido la voz tres veces en mi vida. Y siempre ha sido al terminar de ver una película. El cine ha estado en mi existencia desde la niñez. Mi padre me llevaba una o dos veces cada semana. Era en la provincia, pasaban el estreno y otra película a la que le decían “la de relleno”. No teníamos televisor y el viejo aparato de radio se escuchaba mal. Tampoco es que hubiera demasiado dinero como para ir al cine pero, como era el único gasto extra que mi padre se permitía, esas monedas terminaban por aparecer.

Cuando crecí y pude ir solo, aunque no recuerdo cómo se manifestó ese rechazo, sé que no acepté ir más con mi padre. Ahora que está de viaje, y que no volveré a verlo, se me parte el corazón ante la idea de cómo debió sentirse. Mi padre nunca más fue al cine. Excepto cuando muchos años después, al venir a visitarme él y mi madre a la capital, yo organizaba una ida de los tres a ver algún estreno y los convencía. En aquellas pocas ocasiones me habría gustado sentarme entre los dos. Algo impensable. Y al final optaba por sentarme al lado de mi madre que se ubicaba en el centro.

La primera vez que me quedé sin voz fue al final de la niñez en un cine de Camagüey llamado Casablanca y al culminar la proyección de La diosa[1], con una actriz que nunca había visto (era su primera película, no obstante que ella llevaba años actuando, sobre todo, en el teatro y, también, en la televisión norteamericana). Una actriz, de enorme prestigio entre los críticos, que me impactó tanto como la historia misma: Kim Stanley. Recién he leído que el gran Paddy Chayefsky fue nominado al Oscar por La diosa, la historia arquetípica de una estrella cinematográfica, su fama, los precios a pagar, su trágica vida.

Yo no estaba acompañado, y al salir del cine desistí de comprar un libro porque percibí tanto mi conmoción como que había perdido la voz. Demoré un largo rato en recuperarla en el trayecto del cine a mi casa. No logro imaginar lo que hubiese ocurrido de no saludar a mi madre al llegar. Era muy amorosa. Y muy formal.

No he vuelto a ver La diosa. La he buscado, la he anhelado. Aunque tampoco estoy tan convencido de si no la vi hace años en la televisión mexicana, al menos un fragmento. Tengo recuerdos de escenas tremendas: como las de cuando ella regresa, en apariencia triunfal, a su pequeña ciudad para asistir al funeral de su madre, y todos la acosan como las hienas a los famosos. Y de la sobrecogedora escena que pone fin al argumento. La diosa me hizo reflexionar, quizás por primera vez, sobre los altos costos humanos de la fama. Y esa reflexión habita mi conciencia.

La segunda vez que me quedé sin voz fue en 1983, en Caracas. Invité a un joven pintor venezolano, no caraqueño, y hoy renombrado en París —a pesar de lo cual no consigo recordar su nombre—, a ver Frances[2], y nos acercamos en taxi al cine de un Centro Comercial en una urbanización de las colinas. Kim Stanley en esta película no es la protagonista, sí la segunda en los créditos tras Jessica Lange, que hace el papel de la contestataria actriz Frances Farmer. Las dos actrices en verdad monumentales. Kim Stanley en el papel de la madre dominante y cruel, un ser determinante para los muy trágicos sucesos de la existencia de Frances.

Al salir del cine casi todo el Centro Comercial estaba a oscuras. Todos se marchaban en sus coches. Y no existían taxis visibles. Y sí la evidencia de que no arribarían. Yo intenté hablar, pero la película me había dejado sin voz. Y el pintor parecía estar muy asustado porque ya en los ochenta Caracas era una ciudad peligrosísima. Cuando se dio cuenta de que yo no podía hablar pasó del susto al pánico. Yo por señas le dije que esperara mientras caminábamos hacia una cabina telefónica. Allí tuvimos que aguardar largos minutos a que yo recuperara la voz. Llamé a una base de taxis, y a los varios intentos convencí a un taxista de que viniera hasta la urbanización asegurándole que le pagaría el doble de lo que costara el llevarnos a un lugar seguro. El pintor me hizo responsable de que arriesgáramos la vida, y no me lo perdonó. Porque creo recordar que teníamos proyectos en común entre su pintura y mi poesía, y no volvió a llamarme ni a salirme al teléfono. Y yo no insistí.

La tercera vez que me quedé sin voz fue con la película búlgara El cuerno de cabra[3], ubicada en el Siglo XVIII durante la cruel dominación del Imperio Otomano; una muy incisiva y desgarradora historia de identidad, de amor de pareja y más; pero no me ocurrió cuando la vi en un cine de La Habana a principios de los setenta, sino años más tarde. Estaba acompañado y al final lloraba en silencio. Quise hablar y supe que por tercera vez había perdido la voz. Esta vez quien me acompañaba era el amor. Pensé que se iba a angustiar, mucho. Y, no sé cómo, en esta ocasión encontré de inmediato la voz por medio de un monosílabo. El amor me sacó un monosílabo de las entrañas.

 

 [1] La diosa (The Goddess, EE.UU., 1958). Director: John Cromwell. Guionista: Paddy Chayefsky. Protagonista: Kim Stanley. Coprotagonista: Lloyd Bridges.

[2] Frances (EE.UU., 1982, color). Director: Graeme Clifford. Guionistas: Eric Bergren, Christopher De Vore y Nicholas Kazan. Actores principales: Jessica Lange, Kim Stanley y Sam Shepard. Cuarto de los cinco largometrajes en que la descomunal Kim Stanley intervino.

[3] El cuerno de cabra (Kozijat rog, Bulgaria, 1972, B/N). Director: Metodi Antonov. Guionista: Nikolai Haitov. Actores principales: Katya Paskaleva, Anton Gorchev y Milen Penev. Premio Especial del Jurado del Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary a Metodi Antonov. Al igual que Frances, en España puede conseguirse en DVD.

 

Este comentario pertenece al libro inédito Genial amor de este autor.

  

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