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si es amor que sea de cine

SI SE VAN A DESTROZAR LOS SENTIMIENTOS: FRENTE A FRENTE

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)
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Puedo disculpar casi todo en una película si la credibilidad de algunas escenas me las hace parecer reales, e igual en algunas actrices y en algunos actores, y por eso me gustan varias de las presencias de Meg Ryan en esas comedias románticas (verlas en versión original subtitulada) que tanto ha protagonizado. Y es que Meg Ryan me parece verdadera incluso, cuando en ésas o aquellas escenas en aras del humor, caricaturiza. Y, desde luego, es una actriz que, en esos contextos, me ha emocionado en una determinada cantidad de ocasiones. Otra cosa son sus parejas cinematográficas en dichas comedias –historias unas más desafortunadas que otras como, por ejemplo, justo: Tienes un email[1] o French Kiss[2]; de preferir alguna me quedaría con Algo para recordar[3], también por la cuota de nostalgia en relación a Tú y yo / (y la primera nombrada en castellano:) Algo para recordar[4]–; parejas que van de las excelencias y la creencia de Tom Hanks a la falsedad de Kevin Kline (he de reconocerlo: nunca me ha gustado este actor, entre más porque rechazo su fisonomía, las expresiones de su rostro). Por otra parte tengo una imagen idealizada (con la que las malas experiencias de décadas no han podido quizás porque poseo amor con mayúsculas adentro y en…) del amor de la pareja desde la adolescencia, quizás desde antes (pero como he olvidado buena parte de mi infancia no me atrevo a afirmarlo del todo, aunque sí sé que fue a la que más reiteradamente tuve acceso en la niñez tanto desde el cine como desde algunas lecturas), y esa imagen conecta si no con mucho del contenido de las tramas, ni con sus significaciones, sí con los finales “felices” de estos filmes (que me reconfortan y reafirman en lo emocional por más que en lo racional...). No estoy seguro que se deba recomendar el posible suplicio de toda una mala película por una escena (o por las presencias de una actriz que proyecta sinceridad), pero hay escenas de tal credibilidad, actores de tal calidad, que no sólo son ciertos sino que nos traen extrapolaciones o reflexiones que nos sorprenden con gran intensidad. En French Kiss, el tan creíble Timothy Hutton, que hace el personaje del prometido de la joven que caracteriza Meg Ryan, la llama por teléfono borracho desde París para decirle que, lo siente, se ha enamorado y experimenta el amor por primera vez, y que no regresa a Canadá donde residen. Timothy Hutton está perfecto en sus emociones, en sus giros, y la escena me ha hecho pensar en lo tan terrible de recibir –puede que, según, también de dar– una noticia como ésa, que destruye las ilusiones de la otra parte de una relación, a distancia y por un medio tan incomunicador como el teléfono, y desde el que lo demoledor se agiganta. Nunca he hecho una cosa así, tengo demasiado sentido de la responsabilidad, demasiada conciencia de la otra parte, y si me lo han hecho –que no lo recuerdo– seguro que no lo recuerdo porque me cogió perfectamente parapetado tras mi sistema de defensa –que, lo admito, incluye una coraza encima de otra y de otra– y ya iniciando otra pareja. Hago un llamado, si se van a destrozar los sentimientos (e inevitablemente la razón) de otro ser humano: Tener la humanidad de elegir el mejor momento, de crear la circunstancia en la que menos dolor se pueda causar, de pensar solidariamente los términos, y de hacerlo en persona, frente a frente, y reconociendo primero todo lo bueno, valorándolo y elogiándolo. También porque: El amor es un juego de ajedrez, donde cada cual resulta personaje de la nobleza y peón.
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[1] Tienes un email (You’ve Got Mail, EE.UU., Warnes Bross, 1998, 119 minutos, color). Dirección: Nora Ephron. Guión: Nora y Delia Ephron. Protagonistas: Meg Ryan, Tom Hanks. Con: Greg Kinnear, Parker Posey. Fotografía: John Lindley. Música: George Fenton. En España puede conseguirse en DVD.
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[2] Beso francés (French Kiss, Reino Unido / EE.UU., 20th Century Fox, 1995, 111 minutos, color). Dirección: Lawrence Kasdan. Guión: Adam Brooks. Protagonistas: Meg Ryan, Kevin Kline. Con: Timothy Hutton y Jean Reno. Fotografía: Owen Roizman. Música: James Newton Howard. En España puede conseguirse en DVD.
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[3] Algo para recordar (Sleepless in Seattle, EE.UU., Tri-Star Pictures, 1993, 101 minutos, color). Dirección: Nora Ephron. Guión: Jeff Arch, Nora Ephron, David S. Ward (sobre una historia de Jeff Arch). Protagonistas: Meg Ryan, Tom Hanks. Con: Bill Pullman, Rosie O’Donnell. Fotografía: Sven Nykvist. Música: Marc Shaiman. En 1993: Dos nominaciones al Oscar, tres a los Globos de Oro (incluidas mejor actor y actriz de comedia) y dos al BAFTA. En España puede conseguirse en DVD.
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[4] Algo para recordar (An Affair to Remember, EE.UU., 20th Century Fox, 1957, 115 minutos, color). Director: Leo McCarey, que realizó este remake de su Tú y yo, 1939, entonces con Irenne Dunne, Charles Boyer. Guión: Delmer Daves, Leo McCarey. Protagonistas: Deborah Kerr, Cary Grant. Destacan además: Cathleen Nesbitt, Richard Denning. Nominaciones, Oscar: 4. Otra película a la que, sin dejar de enjuiciar buena parte de sus valores, sigo volviendo a ver. En España puede conseguirse en DVD.
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LEALTAD HACIA LA OTRA PARTE DE LA PAREJA

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Me sería muy largo explicar a fondo por qué conozco las películas protagonizadas por Jean Claude Van Damme, como por otros de su especialidad, desde aproximadamente los años ochenta o quizás desde fines de los setenta. Y un número considerable. No ha tenido que ver con un gusto por este tipo de filmes o de actor de la acción por la acción –esto último todavía menos–. En absoluto. Sino, por ejemplo: Con mi hábito en el pasado de ir al cine con frecuencia, de modo sistemático. Ya he contado que desde mi infancia asistía varias veces a la semana. También ha tenido que ver con la accesibilidad económica de las entradas, una por etapas a mi alcance adquisitivo. Con ciudades peligrosas y la programación tan “comercial” de las salas cinematográficas ubicadas en zonas seguras como calles peatonales y/o muy céntricas o en centros comerciales. Con mi tanta necesidad de hacer tiempo entre uno y otro compromiso de trabajo en urbes inmensas y de complicada transportación. Con que en determinadas circunstancias prefiero ver cine bueno, si se puede, y malo, si es el único posible, antes que seguir dándole vueltas en la cabeza a problemas cuya solución no depende de mí. Con que el cine –cada vez en menor grado– de suspense –sobre todo–, o el que se le aproxime, y las novelas policiacas –cada vez en mayor– son casi los dos únicos que me hacen desconectar teniendo en cuenta que, entre otras profesiones –y responsabilidades–, soy escritor y periodista, y, por tanto, por necesidad un ser muy informado, pensante, analizador, reflexivo. Así que como he visto una considerable cantidad de películas de Van Damme a lo largo de unos treinta años puedo decir que en relación a su carrera Assassination Games[1] es otra cosa y muy superior. Lamento no conocer su tan alabada JCVD (obvio que son sus siglas) del que la crítica ha llegado a escribir en Fotogramas “Este juguete posmoderno y crepuscular que es JCVD conquista a todo tipo de público, eleva a Van Damme a la galería de ídolos caídos capaces de reinventarse, y es justo film de culto automático”.

Recomiendo sin dudarlo Assassination Games (rodada en Bucarest, Rumanía, lo que le añade atractivo, por ejemplo visual, para un espectador occidental) por varias razones cinematográficas y, también la recomiendo en lo que a este espacio corresponde, por las dos historias de hombre y de mujer, la de los dos asesinos y, en el caso del personaje que caracteriza Van Damme, la prostituta, y en el del que caracteriza Scott Adkins, su esposa (por cierto interpretada por la hija de Jean Claude, la bellísima –y de certeras presencias en pantalla– Blanca Van Varenbeg). Y antes de seguir señalaré que en este filme Van Damme actúa, además de que físicamente da la talla de su personaje y acciones, que Adkins –más joven y muy eficaz en las escenas de acción, y tanto en las de artes marciales, sostiene su personaje– y que me impresionó Marija Karan en el papel de la mujer maltrada de la calle y no sólo por su deslumbrante físico sino por sus matices emocionales.

Las razones cinematográficas para recomendar la película, además del alto nivel general de actuación, y de ver a otro Van Damme, van desde los tantos momentos de excepción de la fotografía, de sus extraordinarios encuadres, desde el manejo del color que, si bien no original en sus sepias, cercanos al cine en blanco y negro de las primeras películas policiacas, si es efectivo en su creación continuada de las atmósferas, hasta la estructura de este thriller que, si bien no original en su argumento, si tiene un guión suficientemente sólido, de expectación sostenida y en ascenso, y está concebido con elegancia más allá de alguna nota en falso o de algún exceso en su inclusión de la violencia inherente a la trama misma.

En cuanto a las historias de pareja, el auténtico interés de Assassination Games radica en que al final de la película cada personaje, cada asesino a sueldo –pudiera ser que en aras reales de redimirse–, tiene lo que ganó con su lealtad hacia la otra parte de la pareja o de la posible pareja. El personaje que ha sido congruente y consistente en amor tiene su amor y a su amor. Y el que no, tiene su conciencia de culpa. Y su, es probable, desolación. El amor es tanto aroma como tanta lealtad.

 

[1] Assassination Games (EE.UU, Motion Picture Corporation of America (MPCA) / Mediapro Studios, 2011, 100 minutos, color). Dirección: Ernie Barbarash. Guión: Aaron Rahsaan Thomas. Protagonistas: Jean Claude Van Damme, Scott Adkins. Destacan: Marija Karan, Blanca Van Varenbeg, Kevin Chapman. Interviene otro hijo de Van Damme: Kristopher Van Varenberg, que tiene fuerza y resonancias. Fotografía: Phil Parmet. Música: Neal Acree. Atención en el filme a algunas frases de indiscutible lucidez o ingenio dichas por el personaje de Van Damme.

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COMPROMISO EN EL EXISTIR Y EN EL AMAR

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

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Cadena de favores[1] no es, cinematográficamente, no es en términos artísticos una magnífica película –y tras su estreno la crítica especializada se encargó de consignarlo–, pero sí lo resulta por su temática, por su propuesta, por su mensaje que algún bien seguro ha hecho y que algún bien seguirá haciendo por el mundo. Esto aunque, entre más a señalarle en contra, se excede en ese manejo fílmico norteamericano de la emotividad que tan eficaz resulta con el gran público desde sus, por ejemplo, melodramas, tragicomedias e incluso comedias de cine, pero que, en este caso, resta fuerza, por ejemplo en su conclusión, a la propuesta ética –iniciada desde un niño motivado por su profesor de Sociales que propone a la clase: “Piensa algo para cambiar el mundo y ponlo en práctica: ¡Acción!”– de que cada quien emprenda tres campañas de cambio en relación a otros seres humanos, y por tanto al planeta, a otros que deberán superarse a sí, transformarse, para que esos tres a su vez emprendan cada uno otras tres campañas… No devolver favores, sino iniciarlos. Y sí, entre muchísimo más, Cadena de favores incluye una historia de amor que me permite una vez más reafirmarme en mi criterio de que la belleza física no es lo esencial para la pareja, sino, de inicio, el atractivo de la personalidad y de “la química”, de la esencia toda que viene desde un poblado paisaje interior; y, luego, la comunicación, la decisión de construir conjuntamente una relación, y –de esto no he escrito aún–: la inclusión de una segunda oportunidad para el otro –algo casi siempre necesario para continuar construyendo, y para permanecer, para poder perdurar en el compromiso de dos seres humanos, para que no se interrumpa y prosiga con calidad–. “Compromiso”, palabra altamente significativa en el existir y tanto en el amar. La inclusión de una segunda oportunidad desde el amor y la comprensión, desde la creencia y desde la implicación en el mejoramiento del otro desde sí y desde el mejoramiento de uno mismo. El amor es la excelsitud de la comprensión: el espacio de sus encuentros y de sus reencuentros.


[1] Cadena de favores (Pay It Forward, EE.UU., 2000, Warner Bros Pictures y otras, 122 minutos, color). Dirección: Mimi Leder. Guión: Leslie Dixon (sobre la novela de Catherine Ryan Hyde). Actores: Kevin Spacey, Helen Hunt, Haley Joel Osment, Jay Mohr, James Caviezel (Jim Caviezel), Jon Bon Jovi, Angie Dickinson. Fotografía: Oliver Stapleton. Música: Thomas Newman. Una anécdota: Se señala que en la novela el personaje del profesor caracterizado por Kevin Spacey es de raza negra, lo que provocó una polémica desde el colectivo afroamericano. Actuaciones sobresalientes, las de: Haley Joel Osment y Angie Dickinson. Y –tendría que ver nuevamente la película– puede que la de Caviezel que roza lo caricaturesco.
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EN EL AMOR EL BIEN DEBE SER EL BIEN Y EL MAL DEBE SER EL MAL

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

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¿Por qué escribir sobre el thriller Confessions[1] (Japón, 2010) en un espacio sobre el amor de dos en el cine? No es una película acerca del amor de la pareja. Es una película sobre el derecho de respuesta como responsabilidad social, el derecho de responder de la profesora de secundaria (impresionante y extenso monólogo inicial) a la que le han asesinado a su única y pequeña hija en búsqueda de notoriedad, de reafirmación mal entendida, de suerte de soberbia y de vanidad, entre más. Supuestamente un alegato en cuanto a la venganza (y en contra del sistema de justicia japonés en cuanto a los menores de edad) y de allí quizás su penúltimo parlamento justificativo y extirpable (por suerte sólo en apariencia el último, dado que lo último que se escucha es una reiteración, sin duda clave, en off).

Pero este amor, el de pareja, su preámbulo, no deja de estar presente en el film. Y lo está de uno de los peores modos: Por medio de una supuesta convergencia entre incomprendidos, entre víctimas circunstanciales de un mismo grupo de escolares adolescentes de trece años. Por medio de una solidaridad mal entendida, por medio de un sentido tergiversado de la comprensión: La de la adolescente delegada del aula hacia uno de sus compañeros: un asesino en potencia, condición de criminal que no es desconocida por el colectivo de estudiantes al que pertenecen que ha comenzado a acosarlo, y luego también a ella porque creen los ha puesto en evidencia ante el nuevo profesor.

Resulta evidente que la vida no es en luz y sombra sino que existen los infinitos matices de las claridades y de las penumbras. Evidente que en general hay que rechazar los extremos: Ese rechazo no puede ser en absolutos: En cuanto a lo esencial humano el bien es el bien como el mal es el mal. Y hay que rechazar el mal, distanciarlo de uno porque el mal contamina. Sumar sin absolutos que el mal casi nunca se redime, su redención suele ser excepción de excepciones y, en efecto, ésta pasa por el haber recibido respuesta.

Señalar lo tanto anterior en cuanto al amor de pareja es una razón cierta para escribir en este espacio sobre Confessions. Mas hay mucho más: se trata de una película extraordinariamente bien realizada, premiada y reconocida, llena de giros, de sorpresas, y una de las más críticas, complejas, oscuras, ácidas, crueles, tensas, expectantes y desagradables que he visto, una de las más diseccionadoras y más directas en cuanto a mucho de lo peor de la naturaleza humana. Una película de cambiantes lentes de aumento microscópico sobre la condición de humano y de animal del ser. Un film marcado por lo modular reiterativo por medio de las confesiones de los varios protagonistas –y es que si de modo formal la protagonista es la profesora, lo cierto es que los tres alumnos y las madres de dos de ellos tienen presencias actorales principales dada su importancia para lo que ocurre–. Un film con varias de las escenas más desgarradoras que he presenciado en el cine.

No estamos ante un melodrama se trata de una auténtica tragedia que denuncia con crudeza la deshumanización: Brutal hasta las entrañas, de las que se rechazan desde el estómago.

Y deseo ser muy rotundo, muy enfático y ante todo muy claro: Lo que está bien está bien y lo que está mal está mal haya hecho lo uno o lo otro quien lo haya hecho. Y así debe ser para cada uno de nosotros –en realidad debiera ser así para todas y todos– los que sabemos que vivir en plenitud es vivir en conciencia. El amor no es azar, es elección.

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[1] Confessions (Kokuhaku, Japón, 2010, 106 minutos, color en tonos azulados y grises). Director y guionista: Tetsuya Nakashima (sobre la novela de Kanate Minato). Protagonista: Takako Matsu (profesora). Con: Yoshino Kimura (madre de Naoki), Yukito Nishii, Kaoru Fujiwara (los dos estudiantes), Ai Hashimoto (la estudiante), Masaki Okada (nuevo profesor). Fotografía (de lo más elogiable, con entre otras la inclusión de la técnica del videoclip): Shoichi Ato, Atsushi Ozawa. Música (banda sonora sobresaliente): Toyohiko Kanebashi, Boris Radiohead. Entre otros galardones: Premio a la mejor película, director, guión y editor de la Academia de Cine de Japón en el 2011 y seleccionada por ésta para competir por el Oscar a la mejor película extranjera (después no fue de las cinco seleccionadas), alabada por los críticos, cuatro semanas seguidas número uno en las recaudaciones niponas y uno de los filmes más taquilleros del año. En España puede conseguirse en DVD.

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TODO EL AMOR DEL MUNDO

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)
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Amor, viendo la película española Tapas(1), de José Corbacho / Juan Cruz, con unos inconmensurables María Galiana y Alberto de Mendoza (ancianos llenos de unas energías y matices de excelencias y resonancias y hallazgos), y unos excelentes Ángel de Andrés, Elvira Minguez, Rubén Ochandiano (actor que ya me había impresionado por sus trabajos en la televisión, y que es capaz de convertir casi cualquier aparición en una para recordar), Alberto Jo Lee y Rosario Pardo, por unos instantes, en medio del entretejido de relaciones y mucho de relaciones de pareja, llegaron las extrapolaciones (durante el tiempo de los comerciales) y pensé en ese momento en que mi madre me cargó por primera vez contra su cuerpo y en su emoción; en cómo debe haberse sentido poseedora de todo el amor del mundo. Y creí sentir una parte de esa emoción, inevitablemente conjunta entonces, y de inmediato cobré certeza de que se trató de un instante irrepetible, uno de esos instantes irrepetibles de que están llenas las existencias humanas; y tuve la seguridad de que no se repetirá para mí ni siquiera algo similar como no se repetirá el último beso de mi madre, uno que no logro recordar, pero que yo, con imagen pública de duro, imagino y tiemblo. Y mientras lloraba en medio de la recomenzada Tapas no me consoló ni siquiera la certeza de que respecto a mis padres no tengo algo que reprocharme. Pensad: Cómo hubiera sido el dolor de arrasador de no tener esta certeza. El amor es cada hora que regresa o anda.
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Este comentario, ahora en algo reescrito, perteneció primero
a Genial amor de este autor bajo el título: “Amor, tapas, extrapolaciones…”
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(1) Tapas (España, 2005, Tusitala, Castelao Productions, 94 minutos, color). Dirección y guión: José Corbacho y Juan Cruz. Actores (y por lo tan coral de la película me voy a permitir el orden alfabético de los que recuerdo en papeles destacados –que no serán todos–): Eduardo Blanco, Ángel de Andrés López, Alberto de Mendoza, María Galiana, Alberto Jo Lee, Elvira Mínguez, Rosario Pardo, Rubén Ochandiano… Fotografía: Guillermo Granillo. Música: Pablo Salas (Tema: Antonio Orozco). Dos Premios Goya 2005: Mejor dirección novel, Mejor actriz de reparto (Elvira Mínguez). Tres Premios Festival de Cine de Málaga 2005: Mejor película, Mejor actriz (Elvira Mínguez), Premio del público. Y aunque el filme es mucho más, como me ha gustado la Sipnosis de FilmAffinity va esta cita: “Varias historias se entrelazan en un barrio de trabajadores de una gran ciudad. El miedo a la soledad de Mariano y Conchi, dos jubilados; la esperanza y tristeza de Raquel, mujer de mediana edad que vive su amor vía Internet; la incertidumbre del futuro de César y Opo; o el descubrimiento que hace Lolo gracias a Mao, su nuevo cocinero, que le muestra que hay otro mundo más allá de su bar.

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HISTORIA DE AMOR PARA LLORAR A GUSTO

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)
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Pueden citarse innumerables películas para llorar a gusto.
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Y muchas y muchos tendrán perfectamente definido su film emotivo preferido, el que más ha tocado adentro sus sentimientos, el que siempre le hará llorar.
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De todas las que me han nublado la vista o me han hecho derramar lágrimas silenciosas, películas que no han sido tantas y menos en proporción a la cantidad de cine que he visto desde la niñez, elegiré sólo una.
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Creo que porque aunque es una película muy conocida, considero que merece el que se vuelva a llamar la atención sobre su historia por si alguien lee estos párrafos, aún no la ha visto, y decide buscarla; o por si alguien descubre que le urgiría el volver a verla.
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Pero primero me referiré al llorar.
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Durante diez años de mi juventud nunca me permití llorar por aquello del machismo de que “los hombres no lloran”. Fue en verdad más que eso, sabía que debía fortalecerme para sobrevivir primero y para estar realmente vivo lo antes posible. Y no es que hubiera sido hasta entonces alguien que llorara a la menor ocasión o con frecuencia. En absoluto. Pero la dureza, que intuía iba a requerir para enfrentar a un mundo del que mucho ya no me gustaba, pasaba para mí en aquellos años por controlar todo lo más posible, y, desde luego por controlas las lágrimas.
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Poco a poco, con los años, cuando me sentí seguro de mí mismo y de mis capacidades, y sobre todo seguro de mi capacidad de respuesta, a la par que convencido de la rapidez de mis reflejos, y de mi fortaleza y de mi firmeza, volví a llorar por excepción y en situaciones de gran dolor, de inmensas pérdidas como el fallecimiento de mis padres, o de emotividades inesperadas.
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Y refiriéndome a unas de las emotividades inesperadas: Me asombra la intensidad del dolor que me llega desde la conmiseración o desde la tristeza presentes en determinados recuerdos de lo vivido; y, aunque en estas ocasiones no lloro, la razón de que no me permita las lágrimas es la certeza de que si en uno de estos momentos llorara no podría parar y me ahogaría en el torrente de mi llanto. Tanto es mi dolor al recordar, tanta la conciencia del otro, de la otra, y de su indefensión.
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Me emociona la condición de bondad del ser humano. La condición de desprendimiento. Y, siempre, la condición de amor. Y, en especial, algo a lo que ya me he referido, cuando se trata de la entrega de quienes tienen pocos bienes materiales y son capaces de darte todo lo que poseen y han atesorado. De darte aquello que simboliza una creencia que han necesitado para continuar vivos. O de darte aquel objeto humilde logrado con tanto esfuerzo y tras tantas ilusiones. O de ofrecerte el único dinero reunido para conseguir la materialización de un sueño.
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Cuando alguien tiene conmigo uno de esos actos excepcionales de desprendimiento que definen la grandeza de la condición humana, me hago responsable. Responsable ante ese acto de amor. Responsable por el otro más allá de futuros errores suyos, de futuras incongruencias e inconsistencias posibles de su parte en el difícil existir. No olvidar que quien algo bueno tuvo, algo bueno podrá rescatar. Esto en cuanto a los otros. Y en cuanto a uno mismo, no olvidar que todo el bien regresa mientras se irradia, se expande y fecunda.
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¿Cuando alguien me dio por primera vez? He sido muy afortunado, mucho dentro de una familia pobrísima: mis padres, mi tía abuela, los que tenían algo material que dar, me lo proporcionaron desde los mayores sacrificios y desde las mayores prodigalidades, y, tanto, cotidianamente y para formarme, para protegerme, para hacerme feliz; más la suma de todo lo que recibí desde el amor, la comunicación, la oralidad de ellos y de otros miembros de la familia como mi abuela paterna.
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¿Cuándo alguien me dio por primera vez y tuve conciencia de ello? ¿Me dio sin tener lo suficiente para sí y para dar? No me refiero a algo tan invalorable como procurarme amor, tiempo… que, son, primero. Me refiero a algo material. ¿Quizás a finales de los años cincuenta el viejo televisor en blanco y negro comprado de segunda mano por mis padres para regalármelo? Seguro bastante antes. ¿Quizás algo después el tocadiscos portátil? Aquel que, aún tan sencillo, costó más de la mitad del sueldo mensual de mi padre que debió de conseguir ese dinero trabajando fatigosas horas extras. Aquel tocadiscos para el que luego no había dinero para comprar discos. Y que me robaron unos años más tarde de la habitación donde dormía en un plan de becas estudiantiles de enseñanza media. El dolor de la pérdida tuvo que ver con la significación sentimental del objeto robado. Fue hondo, intenso. ¿Cómo se puede robar a otro? ¿Cómo se puede robar sin saber el valor real, el valor humano de lo robado? ¿Cómo se puede sustraer? ¿Expoliar? Al robar se puede estar robando algo tan universal y precioso como los anhelos. O como las ilusiones. O como las esperanzas.
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Como puede apreciarse, mientras he escrito los párrafos anteriores he dejado que las palabras sigan en mucho sus propios cauces más que dirigirlas por un único canal, pero, como debo volver a las películas de amor y al llanto que son capaces de provocar, consignar que son las películas justo de lo que más me ha emocionado, y además sin que pudiera, ni deseara, evitarlo. Y más allá de consideraciones morales, que procederían, me emocionó profundamente el sentido dramático de Los puentes de Madison[1], su calado e intensidades, situación trágica sin salida positiva posible dadas las circunstancias en la que se enmarca encuentro y amor, con dos actores que en sus inicios no me gustaron demasiado y que reconozco son dos auténticos colosos en su profesión: Meryl Streep y Clint Eastwood (convertido en excelente director). Tragedia, que no melodrama como ha dicho parte de la crítica, ubicada en un medio rural, donde el silencio tiene relevancia junto a las palabras y las acciones. Una donde no sólo lloran los espectadores sino donde, entre más, se ve llorar al personaje del fotógrafo del National Geographic que encarna Eastwood: Robert Kincaid. Los puentes de Madison, un film clásico: Una de las más absolutas dimensiones del amor. El amor es el más arriesgado de los riesgos.
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[1] Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, EE.UU., 1995, Warner Bros / Malpaso / Amblin, 135 minutos, color). Dirección: Clint Eastwood. Guión: Richard LaGravanese sobre la novela homónima de Robert James Walker. Protagonistas: Meryl Streep y Clint Eastwood. Música: Lennie Niehaus. Fotografía: Jack N. Green. En 1995: Nominada al Oscar: Mejor actriz. Nominaciones al Globo de Oro: Película dramática, actriz dramática. Nominada al César: Mejor película extranjera. En España, donde la vi en un cine madrileño cuando fue estrenada, puede conseguirse en DVD.
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NO HAY AUTÉNTICA CONSTRUCCIÓN DEL AMOR SIN ACEPTACIÓN DE SÍ (Y ACEPTACIÓN DEL OTRO)

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

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La posibilidad del amor de la pareja, de amar y de ser amado, de construir el amor de dos, pasa ineludiblemente por la aceptación de sí –y pasa porque cada parte de la pareja sienta que poder amar al otro es un privilegio que la vida ha concedido–. De las películas cumbres sobre la aceptación de uno mismo: La boda de Muriel[1] (1994), que he vuelto a ver gracias a los servicios bibliotecarios. La había conocido fragmentariamente por la televisión, y de pronto, al encontrarla en video, sentí que tenía que verla de principio a fin, y en compañía. También porque Toni Collete, la actriz protagonista, se ha convertido en una de mis actrices más admiradas después de Japanese history –sobre la que ha he escrito–. Una curiosidad: Toni Collette aumentó 18 kilos en tiempo record para poder asumir el papel de Muriel. Un instante de energía vital irradiada: El dúo de Toni Collette y Rachel Griffiths cuando bailan una canción de Abba como si la cantaran. Un momento de genuina química: El beso entre los personajes de Toni Collette (la obesa Muriel, tan insegura y negada de sí) y Daniel Lapaine (el rubio nadador sudafricano desbordante de perfecciones físicas). La boda de Muriel (numerosos premios y nominaciones, como sus siete nominaciones y cuatro premios del Instituto Australiano del Cine, entre los que destacan los de Toni Collette y Rachel Griffiths) es mucho más que una película sobre la aceptación y los sueños a realizar (el de Muriel: casarse, vestirse de novia), es un film también sobre la discriminación y el rechazo social por el aspecto físico, sobre el culto al cuerpo, sobre la familia y sus deformaciones, sobre la infidelidad y la corrupción política, entre tanto y más. Y, mucho, es un canto magistral sobre la amistad y la solidaridad, y sus circunstancias, complejidades y dificultades. Un canto de triunfo de lo humano que, narrado con maestría desde numerosos y a veces sorprendentes sucesos, va del humor punzante al drama, para la sensibilización y la reflexión, sin dejar de divertir y de ser inolvidable como historia, como cine. El amor mide la estatura.

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[1] La boda de Muriel (Muriel’s Wedding, Australia/Francia/USA, 1994, 105 minutos, color). Dirección y guión: P. J. Hogan. Protagonista: Toni Collette. Coprotagonista: Rachel Griffiths. Con un elevado nivel general en las actuaciones, no perderse a: Jeanie Drynan como la madre de Muriel y a Matt Day como el joven enamorado. Fotografía: Martin McGrath. Música: Peter Best (con fuerte presencia de las canciones de Abba). En España puede conseguirse en DVD.

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EL DESPRENDIMIENTO DE REGALAR AL AMOR LO MÁS PRECIADO

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Todo regalo, toda dádiva puede tener mérito, dependerá en mucho su significación más amorosa de las intenciones al regalar. Cuando regala quien tiene, el regalar puede ser meritorio, incluso muy meritorio, y si lo es debe ser reconocido y apreciado, quedar en la memoria y retornar al consciente. Pero a mí lo que me parte del todo el corazón y me toca del todo la conciencia es cuando alguien que no tiene regala lo único que tiene, aquello que conserva como preciado, que protege como su tesoro más entrañable, como su más valioso caudal. Da igual si ese tesoro es una estampa sin costo, o es una flor seca guardada durante décadas porque pareció la más hermosa o porque llegó desde los universos de la ternura, o si son las canciones que se han ido reuniendo a lo largo de los años. Da igual lo material, lo económico. Importa el desprendimiento explícito, la indefensión implícita: El amor. El cine ha plasmado, ha testimoniado, este instante supremo del dar. La referencia más próxima que puedo recordar es justo la que me ha llevado a pensar nuevamente en la prodigalidad de quien da por amor lo único que posee: Una escena de una violenta película de aventuras ubicada aproximadamente en el Siglo IX, un auténtico y riguroso clásico cinematográfico del género: Los vikingos[1], y el momento en que el personaje de Eric (Tony Curtis) –aún esclavo- da a la Princesa Morgana (Janeth Leigh) el colgante con la empuñadura de la espada –único objeto que llevaba encima cuando de niño fue capturado–. El amor es un prisma de la entrega.

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[1] Los vikingos (The Vikings, EE.UU., 1958, 114 minutos, color). Director: Richard Fleischer. Guionistas: Calder Willingham y Dale Wasserman, adaptación basada en la novela The Vikings de Edison Marshall. Protagonistas: Kirk Douglas, Tony Curtis, Ernest Borgnine y Janet Leigh. Destacan también: James Donald, Alexander Knox y Frank Thring. Narrador: Orson Welles. Música: Mario Nascimbene. Fotografía: Jack Cardiff (que años después dirigiría una nueva película sobre vikingos: The Long Ships –en España: Los invasores, 1964). Premio Laurel Award como mejor película dramática 1959. Premio al Mejor Actor (exaequo) del Festival de San Sebastian para Kirk Douglas. En España puede conseguirse en DVD.

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