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si es amor que sea de cine

Comentario con pensamientos y definiciones incluidos

EL AMOR REDIME

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

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Arenas de muerte[1] es una película norteamericana de 1957 sobre la redención. El amor redime. En este caso y entre más, redime de la prostitución (de la prostituta: caracterizada por Sophia Loren) y el alcoholismo y el vivir sin compromisos sociales (del guía: caracterizado por John Wayne), de la soledad y del desamor. Y condena la supuesta virtud extrema (del buscador de una ciudad, un tesoro perdidos y un padre “ejemplar” desaparecido: caracterizado por Rossano Brazzi), entre más enjuiciable como la ambición, la codicia, el deseo desmedido, el oportunismo... La película (en general no suficientemente valorada) está dirigida por el excepcional Henry Hathaway (EE.UU.: 1898/1985) que, especializado en oestes, rodó esta historia de aventuras: los exteriores en Libia y los interiores en Cinecittà Studios Roma, y fue una de las nueve colaboraciones con Wayne que intentaba probar que era un buen actor, y que resultó devorado en esta película por dos, ellos sí, grandes actores que además tenían, han tenido consigo y tendrán para siempre desde la pantalla, la extraordinaria riqueza gestual de la idiosincrasia italiana. Los rostros de la Loren y de Rossano en las escenas dramáticas son una enciclopedia de la expresividad frente a la inexpresividad habitual de un Wayne que en este film se esfuerza y en algunas secuencias algo logra en positivo y en otras vuelve a hacer el ridículo por su falta de auténtico talento. El desierto, otro protagonista inconmensurable, y sus habitantes, muestran sus esplendores emulando con los esplendores de unas ruinas romanas hermosísimas en conjunto y en detalles. El desierto: arenas de muerte y/o de redención. El amor es redención. El amor de a dos puede redimir y dar otra oportunidad a cada uno desde sí y desde la pareja.


[1] Arenas de muerte (Legend of the Lost, EE.UU., United Artists, 1957, 109 minutos, color). Dirección: Henry Hathaway. Guión: Roberto Presnell, Ben Hecht. Protagonistas: John Wayne, Sophia Loren, Rossano Brazzi. Fotografía: Jack Cardiff. Música: A. F. Lavagnino. En España puede conseguirse en DVD.

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EL AMOR INSTAURA SU PROPIA BELLEZA

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Hoy, caminando por el barrio, de pronto me sorprendió que un muchacho y una muchacha, abrazados en plena acera de la calle más concurrida de la zona, se besaban intensamente, algo no tan habitual en ese lugar y a esa hora. Me fije en la edad del muchacho, que era de quien veía el rostro, moreno y con cabello negro: Algo más de veinte años. Al cruzar por su lado me llamó la atención que a una mano de ella le faltaba cuando menos un dedo y que las cicatrices parecían subir por el brazo y, seguro, marcaban la mitad del rostro –que alcance a vislumbrar porque se movieron sin dejar de besarse–. El muchacho era delgado, alto, bien parecido y desplegaba una vitalidad arrolladora. Me conmovió el amor transparentado, me conmovió tan profundamente que se me nubló la vista y me detuve. Ése es el amor en que he creído desde la niñez y en el que nunca he dejado de creer. Recordé una película con una historia seguro muy diferente, pero con alguna relación: El espejo tiene dos caras[1] (título en Iberoamerica), con la excelsa caracterización de Michèlle Morgan, la estrella del cine francés de los cuarenta, los cincuenta y para siempre, nacida en 1920. La realidad de una mujer, obsesionada con la imperfección de su rostro, que se somete a la cirugía plástica a escondidas de su esposo para enfrentarse a posteriori con que éste… No contaré más porque intento no revelar todo lo esencial argumental, y, mucho, no revelar, lo clave, y porque sólo vi la película una vez en la adolescencia y han pasado muchos años. Como curiosidad: Hay un remake, muy libre, con poco del argumento original, más centrado en el tema de la belleza física o no, y dirigido por Barbra Streisand en 1996 con el título de El amor tiene dos caras. El amor instaura la belleza. Su propia belleza. Quizás porque... el amor es la belleza.

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[1] El espejo de dos caras (Le miroir à deux faces, Francia, 1958, 96 minutos, blanco y negro). Director: André Cayatte. Guionistas: André Cayatte y Gérard Oury –guión–, Jean Meckert y Denis Perret –diálogos–. Protagonista: Michèlle Morgan: Con: Bourvil. Entre otros actores y actrices destacados, el privilegio de que aparece Sylvie (Louise Sylvie, 1883/1970), de no perdérsela, cada vez y por ejemplo en La vieja dama indigna (1966, del cuento escrito por Bertolt Brecht, film dirigido por René Allio y con una canción tema de Jean Ferrat, "On ne voit pas le temps passer", que recorrió el mundo). En España no he encontrado estas dos películas en DVD.

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EL AMOR ES LA CLAVE

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

Este no es un espacio para la crítica de cine. Ya lo he afirmado, y en efecto no lo es. Es lo que su nombre indica. Por eso al referirme ahora a Adiós, pequeña, adiós[1] (Gone Baby Gone) no voy a escribir centrándome en sus excelencias humanas, sociales, narrativas, cinematográficas, todas indiscutibles; ni escribiré en extenso del magnífico thriller que resulta, de un giro sorprendente a otro aún más sorprendente; ni del Premio de la National Board of Review y del Premio del Círculo de Críticos de New York como mejor actriz de reparto para Amy Ryan (ni de las nominaciones de esta actriz por su papel al Oscar y al Globo de Oro), aunque ella muestra una gama expresiva, que pareciera sin límites, sólidamente sustentada desde adentro. Tampoco voy a escribir del amor en general, ni del desamor, que atraviesan de un extremo al otro el film.

De lo que voy a escribir: Es del amor de la pareja, del amor entre sí de los protagonistas, dos jóvenes detectives privados, que viven y trabajan juntos queriéndose, caracterizados por Casey Affleck y Michelle Monaghan, actores que despliegan una credibilidad y una química entre ellos que son dos de los patrones fundamentales de esta película. De lo que voy a escribir: Es del sitio permanente que debiera ocupar la ética dentro de la condición humana. Y del compromiso respecto a lo correcto y lo incorrecto, y de lo correcto e incorrecto en sí. Y de cómo la decisión sobre lo correcto no puede existir, cuando afecta a otros, sin priorizar los intereses reales de los otros, los objetivamente más bienhechores, por encima de nuestra formación y de la opinión pública más generalizada. Capacidad de análisis, sentido común, valoración de la situación específica, asunción del riesgo interior, entre tanto más, lucidez en suma al examinar y concluir.

La novela del reconocido Dennis Lehane (autor de Mystic River, de la que Clint Eastwood hizo otra de sus obras maestras), de quien he leído con fervor otros textos, es no sólo el punto de partida sino el eje con sus rotaciones e irradiaciones porque la historia original tiene una enorme presencia en el film, gracias en mucho al sobresaliente trabajo como director de Ben Affleck, y como guionista junto a Aaron Stockard, y a la par, también a sus vivencias (nació y creció en la ciudad: Boston) y a su conciencia social. Todo determinante para esta historia enraizada en un barrio depauperado. Novela y película, sobre el secuestro de una niña de cuatro años, y sus causas y razones, son mucho más que la historia principal de amor de pareja contenida en sus marcos, y, sin embargo, es en esta relación, en cómo cada uno de los dos detectives concibe lo correcto y lo incorrecto, lo ético, en cómo los afecta y en sus decisiones y consecuencias, donde mejor se percibe el significado, el mensaje real de la película.

Un mensaje el de Adiós, pequeña, adiós, que no sé si es el que el director al hablar de la película define al ser entrevistado, y que, desde luego, no es el que mayoritariamente define la crítica y el público según he alcanzado a leer, porque si el detective hubiera hecho lo correcto el final no sería el que es, la película no terminaría justo en ese punto del protagonista, de la relación de amor y de la situación que comparte.

El protagonista, más allá de sus buenas intenciones, termina por ser ejemplo del peor de los individualismos: el que elige quedar bien con los valores de su propia conciencia, cuando estos deben saltarse los estereotipos, y establecer nuevas valoraciones; el que elige hacer aquello que socialmente se considera lo correcto aunque todo manifiesta que en ese caso sería lo incorrecto. El que, de hecho, lo que elige es priorizarse.

Lo correcto no es sino lo que la razón determina en términos de humanidad. Y eso debe ser juzgado lúcidamente, más allá de esquemas y de postulados generales, en su excepcionalidad misma. El detective al tener que decidir sobre vida, sobre vidas, y relaciones, y presente y posible futuro, se equivoca en su elección. Y eso es lo que termina por patentar la película. Y por eso Ángela, el personaje de Michele Monaghan… Todos aceptamos que no puedo revelar el argumento: Sería un acto de individualismo.

El amor reinaugura los principios.

El amor es clave de principios.

 

[1] Adiós, pequeña, adiós (Gone Baby Gone, EE.UU., Miramax Films / The Ladd Company / LivePlanet, 2007, 114 minutos, color). Director: Ben Affleck. Guionistas: Ben Affleck, Aaron Stockard (sobre novela de Dennis Lehane). Protagonistas: Casey Affleck, Michelle Monaghan. Destacan también: ante todo Amy Ryan y Ed Harris, casi a la par Morgan Freeman, y, con menos tiempo en la historia, el tantas veces eficaz John Ashton, junto a todo un elenco de innegable altura. Fotografía: John Toll. Música: Harry Gregson-Williams.

AMOR ES AMOR CORRESPONDIDO

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Este 30 de diciembre al mediodía he visto, a solas en mi habitación, Cautivo del deseo[1] (EE. UU., 1934), por supuesto en versión original subtitulada. A estas alturas intento no sentarme en compañía ante melodramas, ni ante tragedias sean cinematográficas o sean teatrales –decisión que es un resultado de la experiencia.

El cine llegó a mi vida en mi niñez, en los años cincuenta, por lo que las películas de la década del cuarenta, las de la del treinta, no me parecían actuales, las sentía de un pasado desconocido, y no me interesaban, como tampoco las del cine mudo. Si al ir creciendo en algo incorporé, a mis gustos y a mis programaciones, el cine mudo –fundamentalmente por la genialidad de sus cómicos–, por el contrario el cine de los treinta y los cuarenta he venido a verlo con frecuencia y a disfrutarlo ya en este nuevo siglo, tantos años después. De allí que pudiendo elegir, el hecho de seleccionar Cautivo del deseo no deja de ser, en mi caso, una excepción. Desde luego influyó el que sea un melodrama, influyó la presencia de una Bette Davis que tanto demoró en gustarme para luego considerarla una gran actriz, e influyó la síntesis argumental incluida en la contraportada de la edición –que no me parece lúcida–, y la génesis narrativa. Porque más allá de la innegable calidad del inglés Leslie Howard, que es el auténtico protagonista de este film, nunca elegiría una película por su presencia, una, para mi gusto, un tanto distante y de ridículo aspecto en sí misma.

Nunca se me han dado los otros idiomas, quizás por mi obsesión en cuanto al castellano, quizás por mi educación bilingüe impuesta en la primaria en un colegio protestante de origen norteamericano episcopal, quizás por mi timidez o por mi temor al ridículo. De donde no soy el más indicado para señalar la traición, y cuánta, que la traducción en España, para la distribución y la exhibición, hizo al título original Of Human Bondage al nombrar a este film: Cautivo del deseo. Mucho más cercano al tema y argumento de la película, a mi juicio y cómo no, el título brasileño Servidão Humana (Servidumbre humana, en castellano, y traducción del título de la novela que adapta de Somerset Maugham, historia con innegables elementos autobiográficos).

Traición porque Of Human Bondage, la película, no es una película sobre el deseo, y menos sobre el deseo sexual, ni, como se afirma, sobre la pasión, sino acerca del “amor”, y aún más, acerca del amor mal entendido como humanidad dependiente, o solidaria, o todo eso y más como conjunto. Una película sobre el compromiso mal focalizado más que sobre la servidumbre del amor no correspondido. El título, por tanto, debería ser La esclavitud de lo humano o De la esclavitud humana, pero, como ni uno ni otro serían suficientemente atractivos, acepto lo de Servidumbre humana, que sí, lo sé, no es tan espectacular y convocador como Cautivo del deseo.

En cuanto a todo lo que estructura a Of Human Bondage: De lo magnífico. Señalar sí que la presencia, igual monumental, de Bette Davis está en un estilo de actuación distinto a las restantes, y que esto no tiene que ver únicamente con su personaje y sus características, sino con un cierto inscribirse en los modos tan necesariamente remarcados del cine mudo, obviedades que en una película sonora son excesivas y que en ésta sólo se sostienen por el magnetismo y la riqueza mímica de la actriz, bella y joven en 1934 –con 26 años de edad–, y, como Mildred, nominada al Oscar por primera vez.

Nunca cuento argumentos si de lo que se trata es de referirse a una película y recomendar el verla. Escribo esta nota para reiterar que no hay que “amar” a quien no nos ama, que el deslumbramiento no es el enamoramiento y el enamoramiento no es el amor. Y no me detengo en algo tan importante, decisivo, poderoso y enloquecedor  como lo del sexo porque este film no tiene lo sexual –de lo que sí que hay presencias– como centro. Cuando el enamoramiento no es recíproco no hay posibilidad de amor, porque el amor de la pareja es lo que dos, que se aman el uno al otro, construyen. Y cuando al no amor se añade el desamor manifiesto, la manipulación, la deslealtad, el desprecio, entre más negativo, hay que sacar de nuestra vida a quien podríamos amar pero no nos ama ni nos amará, y hay que hacerlo con determinación, con firmeza, de modo tajante, total.

 

[1] Cautivo del deseo (Of Human Bondage, EE.UU., 1934, RKO Radio Pictures, 83 minutos, B/N). Director: John Cromwell -quien también dirigió La diosa-. Guionista: Lester Cohen, sobre una novela homónima –en inglés– de Somerset Maugham. Protagonista: Leslie Howard. Coprotagonista: Bette Davis. Con, entre otros: Frances Dee, Kay Johnson, Reginald Denny, Alan Hale. Fotografía: Henry W. Gerrad (B&W). Música: Max Steiner. En España puede conseguirse en DVD.

 

 

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LA DESCONFIANZA ES ARENA MOVEDIZA

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Durante semanas he estructurado en mis pensamientos este comentario relacionado con el cine. Y me ha parecido de significación no dejar de escribirlo porque en mi cabeza ha sido un texto predominantemente acerca de la confianza en las relaciones amorosas de pareja. Cierto que el libro Brainwash (traducido como Lavado de cerebro, la primera de las novelas con el personaje del Inspector Lyle, y calificada por Georges Simenon como “una novela inolvidable”), de John Wainwright (Gran Bretaña, 1921/1995, que afirmaba de modo explícito: “escribo suspense”), y las dos películas, una francesa y una norteamericana, sobre esta historia, tratan de mucho más y su complejidad de visión y mensajes es extensa. Yo me centraré en la confianza y, por ende, en la desconfianza entre dos que se aman.

Hace unos años vi, y luego volví a verla hace poco, Bajo sospecha[1] (Under Suspicion, EE.UU, 2000) sin darme cuenta de que su guión estaba a su vez basado en el de una película francesa que recreaba Brainwash. Lo que de este film me impresionó sobremanera fue la trama, y, dentro del argumento, hasta qué catástrofes humanas puede conducir la falta de confianza entre dos seres que se aman aparejada al desconocimiento real del otro. Desde luego, respecto a lo argumental, no fue lo único que me impresionó, también el enfrentamiento descarnado entre los dos protagonistas (el inspector de la policía Lyle, en este film el Capitán Victor Benezet, y el rico abogado Henry Hearst (sospechoso de ser un asesino en serie de menores –y de seductor de  niñas–), caracterizados por los  portentosos Morgan Freeman y Gene Hackman, en una comisaría de San Juan en el Puerto Rico contemporáneo) y el feroz interrogatorio; el oportunismo y la ambición dentro de la policía (especialmente desde la figura del Detective Felix Owens actuado por Thomas Jane); la inducción de la culpabilidad en un detenido bajo sospecha, el lavado de cerebro y sus consecuencias casi arrasadoras; la capacidad de determinadas niñas –y niños– para la simulación, y para más en negativo, cuando se enamoran y ansían competir; la confirmación de que las apariencias pueden engañar, de que las casualidades, las coincidencias…

Ahora he hallado en el Rastro de Madrid: Arresto preventivo[2] (Garde à vue, Francia, 1981) de la que no tenía noticia. Cuando he comenzado a verla he percibido con sorpresa que era el antecedente cinematográfico de Bajo sospecha y, al terminarla, que era sustancialmente mejor, mucho más sintética y en consecuencia más poderosa, con dos por igual portentosos Lino Ventura (inspector Antoine Gallien) y Michael Serrault (notario Martinaud), y con una impactante Monica Bellucci (la esposa) que, en esta película y en idéntico papel, sobrepasa a Romy Schneider, demasiado inexpresiva, en exceso hierática. La versión francesa es más teatral que la norteamericana que se permite mayor cantidad de locaciones; y que se diferencia también en su final, ambiguo, no cerrado, la primera en una noche de Fin y Nuevo Año, la segunda en una noche de Carnaval. Arresto preventivo, como se señala de otras películas de su director Claude Miller, es un minimalista e hipnótico film de personajes que no se permite los efectismos visuales del norteamericano de Stephen Hopkins.

Una clave fundamental de la historia que entregan estas películas sobre Brainwash está en la confianza, o para ser más específico en la desconfianza dentro de la relación amorosa de pareja, algo que se va revelando de manera paulatina y corrosiva, y que se va mostrando como determinante.

Recomiendo estas dos realizaciones cinematográficas invirtiendo el orden cronológico de filmación, tal y como yo las he conocido. Permitirán valorar o revalorar que:

La confianza es un eje constructor. Y es uno de los ejes vitales para la calidad del amor de una relación de pareja. Requiere de confianza en uno mismo primero, y de creencia en la coherencia y consistencia de la condición humana, en especial de la otra parte. La desconfianza es arena movediza. La confianza es cualidad y creación.

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[1] Bajo sospecha (Under suspicion, EEUU, 2000, Revelations Entertainment / TF1 International, 110 minutos, color). Director: Stephen Hopkins. Guión: W. Peter Iliff y Tom Provost (Remake del guión de Claude Miller, Jean Herman y Michelle Audiare sobre la novela Brainwash de John Wainwright). Con: Gene Hackman, Morgan Freeman, Monica Bellucci, Thomas Jane. Fotografía: Peter Levy. Música: BT. En España puede conseguirse en DVD.
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 [2]  Arresto preventivo (Garde à vue, Francia, 1981, Les Films Ariane / TF1 Films Production, 86 minutos). Director: Claude Miller. Guión: Claude Miller, Jean Herman y Michelle Audiare sobre la novela Brainwash de John Wainwright. Con: Lino Ventura, Michel Serrault, Romy Schneider, Guy Marchand. Fotografía: Bruno Nuytten. Música: Georges Delerue. Obtuvo, en 1982, 4 Premios César: Mejor actor (Michel Serrault), actor de reparto (Guy Marchand), guión y montaje. En España puede conseguirse en DVD.

   

LOS DÉBILES SON PELIGROSOS PARA LA INTEGRIDAD DEL OTRO

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Suave es la noche (Tender Is the Night) es el título de una de las cinco novelas del escritor norteamericano, portavoz de la llamada “Generación Perdida” asociada a la Primera Guerra Mundial, F. Scott Fitzgerald (1896/1940); de la publicada en cuatro entregas entre enero y abril de 1934 en la Scribner’s Magazine; y de la película(1) de 1962, basada en esta obra literaria, dirigida por el soberbio y cada vez más revalorado Henry King, de hecho la que cierra su filmografía, recién editada en DVD en este 2010 en España.

La novela de Fitzgerald, uno de los más ilustres escritores norteamericanos de todos los tiempos, centrado en expresar el desencanto de los jóvenes de su generación, tiene como inicio un fuerte componente autobiográfico: su mujer Zelda Sayre Fitzgerald, esquizofrénica, fue hospitalizada en un sanatorio en 1932, tal como la joven y rica Nicole, principal personaje femenino de Suave es la noche, obra que tiene como protagonista de ficción al prometedor psicoanalista, y pronto esposo de su paciente, Dick Diver, su plenitud y descenso.

Mas, Suave es la noche no es una película sobre la esquizofrenia, no profundiza en la enfermedad y en sus síntomas y sus consecuencias ni en un método o métodos de tratamiento, y si alguien lo percibe es quien ha convivido con una persona esquizofrénica y se ha visto sorprendido por una de sus crisis y con un cuchillo clavándose en la madera y rozándole el cuello, o ha despertado en medio de la noche porque su mano ha tropezado debajo de la almohada común una afiladísima navaja.

Esta película, incluso, por ser fiel al estilo de Henry King de potenciar un narrador observador, un “observador exterior” consecuente con el modelo del relato clásico de conocimiento omnisciente anterior de los sucesos, y por utilizar la pantalla ancha para encuadres amplios, no aproximativos ni opresivos, algo desaprovecha las grandes dotes actorales de Jennifer Jones, no sólo porque las escenas que muestran los estallidos de esquizofrenia pudieron ser más, sino porque pudieron ser filmadas de modo más explícito en cuanto a las desfiguraciones mímicas (la mímica del rostro) temporales que la enfermedad provoca, y porque pudieron ser más y más violentas, más intensas.

En todo caso, en efecto, el film no es acerca de la esquizofrenia sino sobre el amor de la pareja. Y se centra en lo peligrosos que son los débiles para los fuertes, y en el riesgo para los fuertes de permitir, de permitirse una inversión y de convertirse en un débil. Porque el originariamente débil, por dependiente, suele ser una persona manipuladora, y si obtiene seguridad y poder incluso se suele desinteresar de quien ha venido dependiendo, lo que tantas veces le lleva a ser cruel y/o a prescindir del otro.

Los débiles (no hablo en término sociales, no me refiero a los desposeídos) no son ni racionales ni solidarios (y excepciones siempre habrá), incluso los que de ellos entran en la categoría de buenas personas, desde su debilidad tienden a ponerse primeros a sí mismos.

Los débiles son abanderados de los supuestos privilegios de la fragilidad.

A la par la película se centra, y éste es su otro gran tema, en lo riesgoso para el fuerte, y para la relación de pareja, de ser idealizado de inicio (de hecho el guión lo subraya en más de una escena), porque, entre más, la convivencia termina arrasando con cualquier idealización. Y hasta termina arrasando, de tenerse capacidades, logros, experiencia, trayectoria, con los valores que sí posee el fuerte, el idealizado. Y me permito señalar, colateralmente, que los fuertes no necesitan idealizar para amar a alguien, son los débiles quienes idealizan, entre por tantas razones, para poder justificarse en su dependencia; idealizan, y se justifican así, mientras se fortalecen, acumulan, añaden, se hacen y hacen.

Suave es la noche reúne a cinco grandes actores: Jennifer Jones (1919/2009, con quien la crítica a lo largo de su desempeño cinematográfico no siempre ha sido justa), Joan Fontaine (1917), Jason Robards Jr. (1922/2000; en el protagonista), Tom Ewell (1909/1994) y Paul Lukas (1891/1971), y a una Jill St. John (1940) notable; los tres primeros, ganadores del Oscar por otras películas; el cuarto, ganador del Globo de Oro (por La tentación vive arriba, con Marilyn Monroe); y el quinto, también ganador de un Oscar (el húngaro nacionalizado norteamericano, Lukas, lo obtuvo por Alarma en el Rhin, con Bette Davis). Y los reúne a un altísimo nivel en la caracterización, acciones e interrelaciones de los personajes, al punto de que dos actores que no son de mis preferidos, como Robards Jr. y Ewell, debo reconocer que están del todo magníficos.

Las dos principales actrices, sus presencias, son de excepción: Una Jennifer Jones, ya con más de cuarenta años de edad, que logra ser una adolescente, una joven en las escenas que lo requieren, y que muestra la evolución de un personaje que va de la desprotección, la locura, la dependencia a una posible curación y a una madurez donde ya fortalecida comparte a los espectadores desde el desamor hasta la desilusión y la amargura, desde la dureza en sus determinaciones hasta, también, por último, las dudas. Una Joan Fontaine en una de las mejores caracterizaciones de su carrera, en ese personaje de la hermana mayor riquísima, tutora omnipresente, superficial, cínica, despreciativa, cruel, camaleónica.

Ah, sus rostros, los rostros de los personajes que no de los actores (en especial en los casos de Jones, Fontaine, Robards Jr. y Ewell) como cuadros de la naturaleza humana si fueran detenidas las diferentes imágenes para exponerlas como fotografías.

La película un momento antes del final, al referirnos la decisión del personaje principal (que es el que determina el género escénico), intenta hacernos pasar por un melodrama, con una futura probable recuperación positiva del psiquiatra, lo que es una tragedia devastadora.

No conozco como lector la totalidad de la novela de Fitzgerald, una que ya no leeré completa porque he ido odiando la historia, odiando lo que la película muestra en su selección de acontecimientos; odiándola por todos los recuerdos de mi existencia con los que me ha golpeado, puesto que el camino hacia la pareja, en lo que a mí respecta, ha sido un campo sembrado de minas anti personas.

  

(1) Suave es la noche (Tender Is the Night, EE.UU., Twentieth Century Fox, 1962, 146 minutos, color). Director: Henry King. Guión: Iván Moffat, basado en la novela homónima de F. Scott Fitzgerald. Protagonistas: Jason Robards Jr., Jennifer Jones (primera en los créditos). Destacan además: Joan Fontaine, Tom Ewell y Paul Lukas, e interviene con acierto Jill St Jhon. Oscar a la Mejor Banda Sonora / Canción original por la espléndida Suave es la noche de Sammy Fain (música) y Paul Francis Webster (letra). Ganó el National Board of Review / EE.UU.: Jason Robards Jr como Mejor Actor. No puede dejar de resaltarse la música original de Bernard Hermann, ni la belleza de la fotografía (la Costa Azul francesa, Zurich…) de Leon Samroy. Una película que las parejas en amor deben conocer, debatir. En España puede conseguirse en DVD.

 

SER RESPONSABLE PROTEGE

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

  

Una tarde de soledad física en Madrid, hace unos tres años, pasando de un canal de televisión a otro en un descanso del trabajo, de pronto me hallé frente al expresivo rostro de una mujer, de un personaje –el de una geóloga soltera en torno a los treinta años de edad–, de una actriz, que me pareció fea, incluso de inicio poco atractiva, pero que me impresionó: Después sabría que se trataba de Toni Collette, actriz de culto.

Aquella tarde la película ya estaba muy avanzada y aún así me atrapó y la vi hasta su culminación. A pesar de no conocer toda la historia, el suceso trágico, la tristeza del final, la desolación del personaje principal me sobrecogieron.

Ser responsable protege. Un solo segundo de descuido puede ser el camino hacia la desolación. La desolación es un reclamo de la muerte. En el vacío infinito de la desolación no consigue latir la esperanza. Toda desolación es un aullido.

No sé cómo, y en una de estas cadenas que no son de ámbito nacional, transcurridos unos meses volví a ser espectador de una parte de la película. Busqué el título en una guía televisiva: Japanese Story(1), traducido como Una historia japonesa; también con menos acierto como Historia de Japón; y, deleznablemente, como Una historia infiel.

Al paso del tiempo compré la película para admirarla completa y cuando lo hice quedé por tercera vez sobrecogido por el final, y por todo el horror, el dolor, la culpa, la depresión de la mujer protagonista, y mucho por su amor. Porque en el caso de ella el amor se fue volviendo visible, tangible, cierto. Sentí entonces la necesidad de escribir de Japanese Story, film australiano del 2003, y de recomendarlo, pero el DVD con la película, en el afán de compartirla con otros muy cercanos, resultó extraviado.

El empeño de que yo volviera a tener un video de la película tuvo éxito. Tras una reciente ida al Rastro de Madrid, de tienda en tienda, la atesoré otra vez en un DVD nuevo. Sólo que ya desde antes, junto al deseo de escribir de Japanese Story estaban las muchas dudas acerca de cómo hacerlo, y es que lo último que deseo desde la experiencia alcanzada es exaltar la infidelidad. No se trata de convencionalismos. Se trata en mi caso de valores y de certezas. El amor no debiera inscribirse sino en lo más transparente, en lo más diáfano, en lo más limpio. E igual desde la experiencia, sé que siendo los humanos que somos y no los humanos ideales, y viviendo en el mundo en que vivimos, esto no siempre es posible, no siempre el amor puede surgir en circunstancias coherentes, consistentes, y sí es su aparición en muchas ocasiones producto o expresión de las alienaciones tan latentes en la sociedad.   

Estamos frente a una actriz que ya ha quedado inscripta en la historia de la cinematografía mundial (Toni Collette) y que entrega un muestrario único de sensibilidades, sentimientos, criterios y conflictos; frente a la actuación excelente de un joven actor japonés (Gotaro Tsunashima, sin excesiva suerte posterior) realizada en el contexto de otra cultura; y frente al admirable desempeño de una actriz japonesa (Yumiko Tanaka, de la que en Occidente es imposible hallar datos) capaz de brillar en escenas claves con la protagonista. Hechizantes los tres desde gradaciones. Y estamos frente a una película multipremiada: 23 premios en certámenes nacionales e internacionales.

Reparar en el guión de Alison Tilson que por una parte se ocupa a fondo, desde lo humano individual, del encuentro de dos culturas, de dos clases sociales y de dos vidas distintas y en distintos grados de desarrollo y necesidades, y por otra de lo impredecible de la naturaleza humana y de las relaciones amorosas; en la dirección de Sue Brooks (Australia, 1953) que huye de excesos melodramáticos para culminar asumiendo como género la tragedia y que cuida al máximo cada detalle dimensionando sus significaciones; y en la música de Elizabeth Drake que logra comulguen con armonía elementos de Oriente y de Occidente integrándolos e integrándose a la totalidad.

Es difícil escribir sobre Japanese Story sin revelar demasiado de la película, señalar pues por último que es un film en el que el lenguaje de la mirada, el más poderoso del ser humano, tiene una poderosísima presencia, a veces en sí, a veces a la par del lenguaje del rostro. Ese momento en que ella sentada en la plata descubre las perfecciones del cuerpo de él recién salido del mar. Ese momento en que ella le mira en la cama. Ese momento en que las dos mujeres, la geóloga australiana y la esposa japonesa se detienen con intensidad cada una en los ojos de la otra. E incluso ese momento en que con la geóloga de espaldas, uno ve desde lo captado por la cámara lo que la protagonista ve: el avión que en la pista se marcha, el adiós.

No obstante no habrá auténtico adiós para las tres vidas que centran el argumento de Japanese Story, existencias destrozadas por un segundo enmarcado en un descuido.

 

(1) Una historia japonesa (Japanese Story, Australia, 2003, 110 minutos, color) Directora: Sue Brooks. Guión: Alison Tilson. Protagonista: Toni Collette. Coprotagonista: Gotaro Tsunashima. Destaca: Yumiko Tanaka. Película ganadora de ocho de las diez candidaturas a los Premios del Australian Film Institute; en total 23 premios nacionales e internacionales. En España puede conseguirse en DVD.

 

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