Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2010.

LOS DÉBILES SON PELIGROSOS PARA LA INTEGRIDAD DEL OTRO

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Suave es la noche (Tender Is the Night) es el título de una de las cinco novelas del escritor norteamericano, portavoz de la llamada “Generación Perdida” asociada a la Primera Guerra Mundial, F. Scott Fitzgerald (1896/1940); de la publicada en cuatro entregas entre enero y abril de 1934 en la Scribner’s Magazine; y de la película(1) de 1962, basada en esta obra literaria, dirigida por el soberbio y cada vez más revalorado Henry King, de hecho la que cierra su filmografía, recién editada en DVD en este 2010 en España.

La novela de Fitzgerald, uno de los más ilustres escritores norteamericanos de todos los tiempos, centrado en expresar el desencanto de los jóvenes de su generación, tiene como inicio un fuerte componente autobiográfico: su mujer Zelda Sayre Fitzgerald, esquizofrénica, fue hospitalizada en un sanatorio en 1932, tal como la joven y rica Nicole, principal personaje femenino de Suave es la noche, obra que tiene como protagonista de ficción al prometedor psicoanalista, y pronto esposo de su paciente, Dick Diver, su plenitud y descenso.

Mas, Suave es la noche no es una película sobre la esquizofrenia, no profundiza en la enfermedad y en sus síntomas y sus consecuencias ni en un método o métodos de tratamiento, y si alguien lo percibe es quien ha convivido con una persona esquizofrénica y se ha visto sorprendido por una de sus crisis y con un cuchillo clavándose en la madera y rozándole el cuello, o ha despertado en medio de la noche porque su mano ha tropezado debajo de la almohada común una afiladísima navaja.

Esta película, incluso, por ser fiel al estilo de Henry King de potenciar un narrador observador, un “observador exterior” consecuente con el modelo del relato clásico de conocimiento omnisciente anterior de los sucesos, y por utilizar la pantalla ancha para encuadres amplios, no aproximativos ni opresivos, algo desaprovecha las grandes dotes actorales de Jennifer Jones, no sólo porque las escenas que muestran los estallidos de esquizofrenia pudieron ser más, sino porque pudieron ser filmadas de modo más explícito en cuanto a las desfiguraciones mímicas (la mímica del rostro) temporales que la enfermedad provoca, y porque pudieron ser más y más violentas, más intensas.

En todo caso, en efecto, el film no es acerca de la esquizofrenia sino sobre el amor de la pareja. Y se centra en lo peligrosos que son los débiles para los fuertes, y en el riesgo para los fuertes de permitir, de permitirse una inversión y de convertirse en un débil. Porque el originariamente débil, por dependiente, suele ser una persona manipuladora, y si obtiene seguridad y poder incluso se suele desinteresar de quien ha venido dependiendo, lo que tantas veces le lleva a ser cruel y/o a prescindir del otro.

Los débiles (no hablo en término sociales, no me refiero a los desposeídos) no son ni racionales ni solidarios (y excepciones siempre habrá), incluso los que de ellos entran en la categoría de buenas personas, desde su debilidad tienden a ponerse primeros a sí mismos.

Los débiles son abanderados de los supuestos privilegios de la fragilidad.

A la par la película se centra, y éste es su otro gran tema, en lo riesgoso para el fuerte, y para la relación de pareja, de ser idealizado de inicio (de hecho el guión lo subraya en más de una escena), porque, entre más, la convivencia termina arrasando con cualquier idealización. Y hasta termina arrasando, de tenerse capacidades, logros, experiencia, trayectoria, con los valores que sí posee el fuerte, el idealizado. Y me permito señalar, colateralmente, que los fuertes no necesitan idealizar para amar a alguien, son los débiles quienes idealizan, entre por tantas razones, para poder justificarse en su dependencia; idealizan, y se justifican así, mientras se fortalecen, acumulan, añaden, se hacen y hacen.

Suave es la noche reúne a cinco grandes actores: Jennifer Jones (1919/2009, con quien la crítica a lo largo de su desempeño cinematográfico no siempre ha sido justa), Joan Fontaine (1917), Jason Robards Jr. (1922/2000; en el protagonista), Tom Ewell (1909/1994) y Paul Lukas (1891/1971), y a una Jill St. John (1940) notable; los tres primeros, ganadores del Oscar por otras películas; el cuarto, ganador del Globo de Oro (por La tentación vive arriba, con Marilyn Monroe); y el quinto, también ganador de un Oscar (el húngaro nacionalizado norteamericano, Lukas, lo obtuvo por Alarma en el Rhin, con Bette Davis). Y los reúne a un altísimo nivel en la caracterización, acciones e interrelaciones de los personajes, al punto de que dos actores que no son de mis preferidos, como Robards Jr. y Ewell, debo reconocer que están del todo magníficos.

Las dos principales actrices, sus presencias, son de excepción: Una Jennifer Jones, ya con más de cuarenta años de edad, que logra ser una adolescente, una joven en las escenas que lo requieren, y que muestra la evolución de un personaje que va de la desprotección, la locura, la dependencia a una posible curación y a una madurez donde ya fortalecida comparte a los espectadores desde el desamor hasta la desilusión y la amargura, desde la dureza en sus determinaciones hasta, también, por último, las dudas. Una Joan Fontaine en una de las mejores caracterizaciones de su carrera, en ese personaje de la hermana mayor riquísima, tutora omnipresente, superficial, cínica, despreciativa, cruel, camaleónica.

Ah, sus rostros, los rostros de los personajes que no de los actores (en especial en los casos de Jones, Fontaine, Robards Jr. y Ewell) como cuadros de la naturaleza humana si fueran detenidas las diferentes imágenes para exponerlas como fotografías.

La película un momento antes del final, al referirnos la decisión del personaje principal (que es el que determina el género escénico), intenta hacernos pasar por un melodrama, con una futura probable recuperación positiva del psiquiatra, lo que es una tragedia devastadora.

No conozco como lector la totalidad de la novela de Fitzgerald, una que ya no leeré completa porque he ido odiando la historia, odiando lo que la película muestra en su selección de acontecimientos; odiándola por todos los recuerdos de mi existencia con los que me ha golpeado, puesto que el camino hacia la pareja, en lo que a mí respecta, ha sido un campo sembrado de minas anti personas.

  

(1) Suave es la noche (Tender Is the Night, EE.UU., Twentieth Century Fox, 1962, 146 minutos, color). Director: Henry King. Guión: Iván Moffat, basado en la novela homónima de F. Scott Fitzgerald. Protagonistas: Jason Robards Jr., Jennifer Jones (primera en los créditos). Destacan además: Joan Fontaine, Tom Ewell y Paul Lukas, e interviene con acierto Jill St Jhon. Oscar a la Mejor Banda Sonora / Canción original por la espléndida Suave es la noche de Sammy Fain (música) y Paul Francis Webster (letra). Ganó el National Board of Review / EE.UU.: Jason Robards Jr como Mejor Actor. No puede dejar de resaltarse la música original de Bernard Hermann, ni la belleza de la fotografía (la Costa Azul francesa, Zurich…) de Leon Samroy. Una película que las parejas en amor deben conocer, debatir. En España puede conseguirse en DVD.

 


QUIEN ME ACOMPAÑABA ERA EL AMOR

Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)

 

Creo que he perdido la voz tres veces en mi vida. Y siempre ha sido al terminar de ver una película. El cine ha estado en mi existencia desde la niñez. Mi padre me llevaba una o dos veces cada semana. Era en la provincia, pasaban el estreno y otra película a la que le decían “la de relleno”. No teníamos televisor y el viejo aparato de radio se escuchaba mal. Tampoco es que hubiera demasiado dinero como para ir al cine pero, como era el único gasto extra que mi padre se permitía, esas monedas terminaban por aparecer.

Cuando crecí y pude ir solo, aunque no recuerdo cómo se manifestó ese rechazo, sé que no acepté ir más con mi padre. Ahora que está de viaje, y que no volveré a verlo, se me parte el corazón ante la idea de cómo debió sentirse. Mi padre nunca más fue al cine. Excepto cuando muchos años después, al venir a visitarme él y mi madre a la capital, yo organizaba una ida de los tres a ver algún estreno y los convencía. En aquellas pocas ocasiones me habría gustado sentarme entre los dos. Algo impensable. Y al final optaba por sentarme al lado de mi madre que se ubicaba en el centro.

La primera vez que me quedé sin voz fue al final de la niñez en un cine de Camagüey llamado Casablanca y al culminar la proyección de La diosa[1], con una actriz que nunca había visto (era su primera película, no obstante que ella llevaba años actuando, sobre todo, en el teatro y, también, en la televisión norteamericana). Una actriz, de enorme prestigio entre los críticos, que me impactó tanto como la historia misma: Kim Stanley. Recién he leído que el gran Paddy Chayefsky fue nominado al Oscar por La diosa, la historia arquetípica de una estrella cinematográfica, su fama, los precios a pagar, su trágica vida.

Yo no estaba acompañado, y al salir del cine desistí de comprar un libro porque percibí tanto mi conmoción como que había perdido la voz. Demoré un largo rato en recuperarla en el trayecto del cine a mi casa. No logro imaginar lo que hubiese ocurrido de no saludar a mi madre al llegar. Era muy amorosa. Y muy formal.

No he vuelto a ver La diosa. La he buscado, la he anhelado. Aunque tampoco estoy tan convencido de si no la vi hace años en la televisión mexicana, al menos un fragmento. Tengo recuerdos de escenas tremendas: como las de cuando ella regresa, en apariencia triunfal, a su pequeña ciudad para asistir al funeral de su madre, y todos la acosan como las hienas a los famosos. Y de la sobrecogedora escena que pone fin al argumento. La diosa me hizo reflexionar, quizás por primera vez, sobre los altos costos humanos de la fama. Y esa reflexión habita mi conciencia.

La segunda vez que me quedé sin voz fue en 1983, en Caracas. Invité a un joven pintor venezolano, no caraqueño, y hoy renombrado en París —a pesar de lo cual no consigo recordar su nombre—, a ver Frances[2], y nos acercamos en taxi al cine de un Centro Comercial en una urbanización de las colinas. Kim Stanley en esta película no es la protagonista, sí la segunda en los créditos tras Jessica Lange, que hace el papel de la contestataria actriz Frances Farmer. Las dos actrices en verdad monumentales. Kim Stanley en el papel de la madre dominante y cruel, un ser determinante para los muy trágicos sucesos de la existencia de Frances.

Al salir del cine casi todo el Centro Comercial estaba a oscuras. Todos se marchaban en sus coches. Y no existían taxis visibles. Y sí la evidencia de que no arribarían. Yo intenté hablar, pero la película me había dejado sin voz. Y el pintor parecía estar muy asustado porque ya en los ochenta Caracas era una ciudad peligrosísima. Cuando se dio cuenta de que yo no podía hablar pasó del susto al pánico. Yo por señas le dije que esperara mientras caminábamos hacia una cabina telefónica. Allí tuvimos que aguardar largos minutos a que yo recuperara la voz. Llamé a una base de taxis, y a los varios intentos convencí a un taxista de que viniera hasta la urbanización asegurándole que le pagaría el doble de lo que costara el llevarnos a un lugar seguro. El pintor me hizo responsable de que arriesgáramos la vida, y no me lo perdonó. Porque creo recordar que teníamos proyectos en común entre su pintura y mi poesía, y no volvió a llamarme ni a salirme al teléfono. Y yo no insistí.

La tercera vez que me quedé sin voz fue con la película búlgara El cuerno de cabra[3], ubicada en el Siglo XVIII durante la cruel dominación del Imperio Otomano; una muy incisiva y desgarradora historia de identidad, de amor de pareja y más; pero no me ocurrió cuando la vi en un cine de La Habana a principios de los setenta, sino años más tarde. Estaba acompañado y al final lloraba en silencio. Quise hablar y supe que por tercera vez había perdido la voz. Esta vez quien me acompañaba era el amor. Pensé que se iba a angustiar, mucho. Y, no sé cómo, en esta ocasión encontré de inmediato la voz por medio de un monosílabo. El amor me sacó un monosílabo de las entrañas.

 

 [1] La diosa (The Goddess, EE.UU., 1958). Director: John Cromwell. Guionista: Paddy Chayefsky. Protagonista: Kim Stanley. Coprotagonista: Lloyd Bridges.

[2] Frances (EE.UU., 1982, color). Director: Graeme Clifford. Guionistas: Eric Bergren, Christopher De Vore y Nicholas Kazan. Actores principales: Jessica Lange, Kim Stanley y Sam Shepard. Cuarto de los cinco largometrajes en que la descomunal Kim Stanley intervino.

[3] El cuerno de cabra (Kozijat rog, Bulgaria, 1972, B/N). Director: Metodi Antonov. Guionista: Nikolai Haitov. Actores principales: Katya Paskaleva, Anton Gorchev y Milen Penev. Premio Especial del Jurado del Festival Internacional de Cine de Karlovy Vary a Metodi Antonov. Al igual que Frances, en España puede conseguirse en DVD.

 

Este comentario pertenece al libro inédito Genial amor de este autor.

  




Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras

Contrato Coloriuris
Plantilla basada en el tema iDream de Templates Next